16/4/10

Enseñan a una especie de marsupial a no comer presas tóxicas

Un grupo de ecologistas australianos ha entrenado a un marsupial en grave peligro de extinción, el quoll norteño (Dasyurus hallucatus), a rechazar y no comerse a los sapos de caña, que son tóxicos para ellos. Los resultados, que se publican hoy en el Journal of Applied Ecology, podrían ofrecer a los conservacionistas una nueva herramienta en la lucha contra las especies invasoras.

Los investigadores de la Universidad de Sidney (Australia) se han inspirado en el cuento infantil de la Caperucita roja para enseñar a los quolls norteños (Dasyurus hallucatus), marsupiales del tamaño de un gato, a no comerse a los sapos de caña. El truco, generar una “aversión condicionada al sabor”.

Al leer una versión moderna del cuento a sus hijos, el investigador australiano Jonathan Webb pensó en “enseñar” a estos marsupiales: “si lográbamos enseñar a los quolls norteños a asociar el malestar con los sapos de caña, podría ser una forma de conservarlos”.

Los sapos de caña, una especie invasora altamente tóxica cuando se ingiere, han llevado al quoll norteño a la extinción en muchas partes del norte de Australia. Los sapos de caña continúan extendiéndose y se espera que invadan Kimberley, una de las regiones del oeste de Australia y uno de los últimos reductos de los quolls.

El principal problema es que la mayoría de los depredadores no aprenden a evitar los sapos como fuente de alimento, porque no sufren náuseas, sino que mueren directamente.

Provocar náuseas en los marsupiales

En colaboración con el programa de cría en cautividad e reintroducción Parque Territorio de Vida Salvaje, los investigadores seleccionaron 62 jóvenes quolls y enseñaron a la mitad -los “conocedores de sapos”- a que asociaran el comer un sapo de caña con sentirse mal.

Unos días antes de reintroducir a los quolls en su medio natural, los “conocedores de sapos” comieron un sapo de caña pequeño muerto que contenía thiabendazole, un fármaco que produce nauseas. El sapo de caña que pesaba menos de dos gramos, no era suficientemente grande como para matar a los quolls, pero el producto químico les hizo sentirse indispuestos.

Para probar si el proceso de aversión al gusto funcionaba, se ofreció a ambos grupos de quolls un pequeño sapo de caña vivo en el interior de un recipiente de plástico para observar si lo atacaban o no. La reacción de los animales se grabó en vídeo mediante cámara oculta.

Gracias a la aversión condicionada al sabor, los quolls se sintieron menos atraídos por el sapo del recipiente de plástico. Una vez puestos en libertad, los quolls conocedores de sapos sobrevivían hasta cinco veces más tiempo que los quolls “desconocedores de sapos”.

¿Se puede enseñar a otros animales salvajes?

“Los resultados demuestran que este tipo de enfoque funciona. Si se puede enseñar a un depredador que los sapos de caña le hacen sentirse mal, ese depredador los dejará en paz más tarde. Como resultado, animales como los quolls pueden sobrevivir en su medio natural aunque esté infestado de este tipo de sapos”, destaca Webb.

Según Rick Shine, otro de los autores de la investigación, “el siguiente reto es ver si podemos ampliar nuestros resultados a poblaciones salvajes de depredadores en peligro de extinción, los varanos arborícolas (Varanus varius) y el escinco de lengua azul (Tiliqua scincoides)”.

Para ello, los científicos deben comprobar que la aversión a los sapos de caña es duradera. Si lo es, el siguiente paso será refinar los métodos de suministro. “Las agencias de la fauna podrían, por ejemplo, desplegar desde el aire “cebos de sapo” antes de que llegara la invasión de los sapos de caña para educar a los quolls a evitar atacarlos antes de que los sapos invadan su territorio”, indica Shine.

Esta solución puede ser eficaz para abordar el impacto de las especies invasoras como los sapos de caña en Australia, donde se han producido la mitad de las todas las extinciones de mamíferos de todo el mundo en los últimos 200 años. Para los investigadores este método de enseñanza sería útil porque los programas de control a largo plazo son costosos y exigen un gran trabajo. Además, los programas de reintroducción tienen una utilidad limitada si la amenaza persiste. (SINC)

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