29/1/10

Peces tramposos castigados por sus congéneres

¿Quién iba a pensar que unos peces pueden castigar a sus congéneres cuando hay comida de por medio? Un equipo internacional de investigadores ha descubierto que el macho del lábrido limpiador azul, un pez cuyo nombre científico es Labroides dimidiatus, no tiene reparos en perseguir a otros peces que no jueguen limpio a la hora de alimentarse. Los resultados de este estudio, publicado en la revista Science, pueden contribuir a esclarecer de qué manera los humanos desarrollaron su propio y complejo sistema de castigos.

El lábrido limpiador azul se encuentra en arrecifes de coral, un terreno de caza que les resulta especialmente favorable. Su principal sustento son los parásitos de otros peces «clientes», pero a veces también les da algún mordisco a estos. Un comportamiento llamativo de los peces limpiadores es que colaboran en parejas para alimentarse de la mucosa viscosa que recubre la piel de su cliente.

«En teoría, lo más conveniente sería morder al cliente en cuanto se tiene la ocasión, sin esperar a la pareja», indicó el profesor Redouan Bshary de la Université de Neuchâtel (Suiza), uno de los autores del artículo, «porque si el cliente se marchara, uno solo se llevaría el alimento y repartiría los costes».

El problema surge cuando una hembra de Labroides dimidiatus decide morder la carne de su cliente, lo cual despierta la ira del macho o pez limpiador, como lo llaman los investigadores, que se pone a perseguir a la hembra por su picardía. El factor crucial es la amenaza de un castigo. El profesor Bshary y sus colaboradores han observado que los machos persiguen de manera intimidatoria a las hembras, cuyo tamaño es menor.

«El "cliente" se marcha si abusan de él mientras le están haciendo una limpieza», explicó en tono de humor la Dra. Nichola Raihani, de la Sociedad de Zoología de Londres (ZSL). «O sea, si la hembra se sobrepasa, el macho se queda sin cena. Al castigar a la hembra, no es que el macho salga en defensa de su cliente; quiere que le dejen comer suficiente.»

En el estudio referido, el profesor Bshary y sus colaboradores, colocaron dos peces en una pecera e introdujeron gambas y comida para peces para ver por qué alimento se decantaban. Los lábridos prefieren las gambas, por lo que si uno de los peces se comía una gamba los científicos sacaban de la pecera toda la comida.

¿Qué paso en consecuencia? El macho se enfadaba cuando la hembra se comía una gamba. Según avanzó el experimento, la hembra mordisqueaba o trataba de mordisquear gambas con cada vez menos frecuencia. En cambio, el macho siguió decantándose por las gambas sin dudarlo.

«Los castigos favorecieron la cooperación de la hembra, lo que benefició directamente al macho desde el punto de vista de la alimentación», señalan los autores en el artículo,

procedentes del Instituto de Zoología de la ZSL, la Université de Neuchâtel (Suiza) y la Universidad de Queensland (Australia). Según indican, en lo sucesivo su labor se centrará en la amenaza que plantean para los machos las hembras de tamaño similar capaces de cambiar de sexo y resistirse a su autoridad. (CORDIS)

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